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Cuando las autoridades obligan a la niña Dalva (Zelda Samson), de 12 años, a separarse de su padre para obligarla a vivir en un refugio juvenil, su primer reflejo es de cólera y azoro. Dalva no tiene la apariencia de otras niñas: se viste, maquilla y comporta como si fuera una mujer adulta. Pronto queda claro que esa conducta, sin duda inducida, tiene como único fin el de complacer a ese padre que de pronto se ha transformado a sus ojos en un paria social, en una frecuentación ilícita. Al tiempo que Dalva ingresa a la institución para niños abandonados o socialmente inadaptados, el padre tiene como destino la prisión preventiva y eventualmente una condena por abuso sexual. Él y su hija han vivido siempre recluidos, distanciados de una madre que la niña imagina desertora del hogar, dedicados uno al otro, lejos de la mirada ajena. No es extraño entonces que la niña no disponga de otros referentes educativos o del discernimiento ético entre lo socialmente permisible y lo prohibido, que aquellos que su padre haya podido inculcarle en esa relación tan singular.

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