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espués de la notable escenificación que hizo Christopher Nolan en Dunkerque (2017) del sitio brutal que padecieron 400 mil soldados amenazados de muerte por el ejército nazi en 1940, el realizador británico regresa al tema bélico en Oppenheimer (2023), donde relata de modo no lineal momentos clave de la vida de J. Robert Oppenheimer (un Cillian Murphy magnetizante) a partir de la biografía Prometeo americano, de Kai Bird y Martin J. Sherwin. A diferencia de Dunkerque, una cinta cargada de acción con los pormenores de un intenso drama colectivo, lo que ahora se narra es la batalla interior que libra el protagonista con su propia conciencia al percatarse, abrumado por la culpa, de que sus esfuerzos como físico matemático en el diseño de una bomba atómica no contribuyeron a elevar a la humanidad a un grado superior de civilización, sino a operar una regresión a sus instintos más primitivos, como el que decidió humillar y doblegar a un enemigo japonés virtualmente ya vencido, y que ocasionó el exterminio de más de 200 mil personas en Hiroshima y en Nagasaki en 1945.

Lo interesante en esta nueva cinta del director de Amnesia (2000) y El origen (2010) es que toda su narración laberíntica y dislocada, a menudo verbosa, que yuxtapone cronologías, acumula personajes, opera transiciones del color al blanco y negro para enfatizar texturas o conferir un toque documental, conduce en definitiva al mayor acierto de la cinta: la composición dramática del propio Oppenheimer, un personaje sicológicamente complejo al que Nolan incorpora a su galería de personajes sombríos en calidad de víctima de una persecución política, pero también de villano involuntario, responsable moral de una bombardeo genocida. A Oppenheimer le toca vivir una época entregada a la paranoia política, en la que la URSS, por breve tiempo un país aliado a Estados Unidos en el combate antinazi, se transforma en enemigo máximo de Occidente. Son tiempos de una cacería de brujas por parte de la ultraderecha estadunidense que incluyen la ejecución de Ethel y Julius Rosenberg, considerados espías al servicio del adversario. No muy distinto es el caso de Oppenheimer, quien pasa de ser una celebridad científica a volverse un hombre políticamente sospechoso. No sólo por lo que se sabe de su pasado o su relación con Katherine (Emily Blunt), activista de izquierdas, sino también por las maniobras maquiavélicas de su rival científico Lewis Strauss (Robert Downey, Jr), jefe de la comisión de energía atómica, quien para desprestigiarlo filtra al FBI información sobre su vida íntima o sus viejas simpatías con el comunismo. Toda una guerra sucia diseñada para restar credibilidad y fuerza al encargado del Proyecto Manhattan para el desarrollo de un arma atómica.

A esas truculencias políticas descritas con exceso de detalles, se añaden referencias a su vida privada y a sus complicadas relaciones amorosas tendientes a humanizar a un personaje de otro modo impenetrable y pétreo, con reputación de soberbia, poseedor de intuiciones geniales y de indoblegables certezas científicas. Sus biógrafos, ya mencionados, ven en él a una figura trágica, al renegado poseedor de un triunfo pírrico que con clarividencia percibe y al final atestigua las devastaciones de su potente arma letal. Enigmática así su conversación con Albert Einstein, perturbadoras las palabras socarronas de Harry Truman sobre el valor verdadero de ciertas vidas humanas. En una época en la que el uso tendencioso de la inteligencia artificial o la inconsciencia frente a los efectos de un cambio climático incontrolado se yerguen como amenazas inminentes, Oppenheimer muestra ser una película perspicaz e inteligente, recordatorio aleccionador de viejas catástrofes a menudo anticipadas.

Se exhibe en Cineteca Nacional, Cine Tonalá, Cinemanía y en salas comerciales.

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