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La Jornada: ¿La fiesta en paz?

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▲ El triunfador de Europa, Isaac Fonseca, toreará en las principales plazas de México. Con el ganado comercial que tanto gusta al monopolio, ¿emocionará su tauromaquia?Foto archivo

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ue en 1990, a la mitad del salinato, que Manuel Camacho Solís empezó a moverse en el callejón del futurismo y las ambiciones sexenales y se le ocurrió aprovechar a Televisa y a la industria taurina, incluida la Plaza México, para que contribuyeran a allanarle el camino prelectoral. Fue una pésima elección, y a los tres años de iniciada entró al quite la terna compuesta por Manolo Martínez, Miguel Alemán Magnani y Rafael Herrerías, prolongando los dos últimos su gestión los siguientes 23 años sin que sus criterios administrativos y promocionales fueran mayormente cuestionados por la crítica, los gremios o la autoridad. El público simplemente se fue alejando del coso de Insurgentes ante las caprichosas y colonizadas ofertas de espectáculo.

Yo no hago toreros, yo contrato figuras, declaró Herrerías complacido en un momento de su imprevisora y autorregulada gestión. Fue cuando se echaron en brazos del valenciano Enrique Ponce y sus aliados –de Poncemanía calificó y aplaudió Zabludovsky aquella euforia emergente–, de El Juli y del rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza mientras un empresariado tan ambicioso como falto de productos aprovechaba las claudicaciones de una autoridad omisa y una crítica centavera. Hoy vemos las consecuencias de aquel frívolo despliegue de dinero y de acomplejado taurinismo, así como sospechosos jueguitos tan parciales como prestos si de prohibir se trata. Para blindarse primero hay que posicionarse.

Por eso llama la atención que algunos se rasguen las vestiduras ante propuestas de un espectáculo taurino menos monótono y más ingenioso. El sábado pasado, en el cortijo Miguel Ortas –¡salud, inolvidable maestro!–, de Atizapán, presencié un festival a la portuguesa que, si bien resultó prolongado en su duración, no fue menos interesante, con vacas serias, un grupo de forcados, los novilleros Elizabeth Moreno y Luis Farfán, un dueto de voces magnífico, esa espiga rebelde que es la bailaora Elisa Pérez y el matador yucateco Jussef, quien, para escándalo de la ortodoxia, llevó a cabo una tauromaquia tan esencial como imaginativa y lúdica emocionando al nutrido público que asistió a tan magnífico escenario multiusos techado, cómodo e iluminado, con estacionamiento y que en el corto plazo está llamado a ser, de nuevo, foco de atención taurina a prudente distancia de prohibiciones idiotas.

Muletera excepcional en su momento y, para variar, desaprovechada por los metidos a promotores de la fiesta, Elizabeth consiguió ese sábado muletazos de gran calidad con su privilegiada zurda que hicieron evocar sus tardes de verdadera apoteosis en la hoy Plaza Muerta, como hace años vaticinara Lumbrera Chico. Ya antes el cadencioso capote de Luis Farfán había deslumbrado a la concurrencia, que interesada y sin sangre que la horrorizara, disfrutó de la suerte del Tancredo, saltos con la garrocha, suaves verónicas y templadas tandas con capote y muleta azules de Jussef, en traje de calle.

¿No es serio ese espectáculo porque no hay sangre? Hay que matizar en vez de dramatizar. Lo que durante décadas tuvo la seriedad de un apasionante encuentro sacrificial entre toro y torero, se ha convertido en toreografía más o menos monótona y predecible por una embestida falta de bravura y codicia. Al final, animalistas y antis, más autoridades sin idea del valor político de la fiesta.

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