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La Jornada: Beau tiene miedo

▲ Fotograma de la película Beau tiene miedo, del estadunidense Ari Aster.

B

eau Isaac Wasserman (Joaquin Phoenix), un hombre solitario y taciturno de 50 años, vive una pesadilla diaria en su barrio apocalíptico en una ciudad no identificada. Continuamente lo asaltan todo tipo de desgracias, atribuibles a su mala suerte y también al trauma de saber que su padre murió de un infarto al momento de consumar el acto sexual que daría origen a su vida; posiblemente también al triste destino que luego le obligó a vivir siempre bajo el control de Mona (Patti Lupone), su madre posesiva, en una suerte de expiación eterna. Ahora todo su entorno social se ha vuelto para él una amenaza, desde su propia calle ocupada por hordas incontenibles de personajes estrambóticos y agresivos, hasta su departamento, donde se le acumulan nuevos infortunios, cada uno más surrealista que el anterior, y que van de la hostilidad de los vecinos a la invasión de su casa por los mismos seres que en el exterior le hacen la vida imposible. Ni siquiera en la tina de su baño puede estar a salvo, pues aterrado descubre que un hombre desconocido está inexplicablemente pegado al techo, pronto a caerle encima en cualquier momento, como esa araña violinista que como una plaga amenaza con invadir eledificio entero.

Beau tiene miedo ( Beau Is Afraid, 2023), tercer largometraje del estadunidense Ari Aster ( Hereditary: el legado del diablo, 2018; Midsommar: el terror no espera la noche, 2019), es todo un compendio de escenas alucinantes, muy eficaces en su trepidante arranque, pero repetitivas y algo arbitrarias en el resto de una cinta de tres horas, que es prolongación del corto Beau, realizado por Ari Aster en 2011, con la misma premisa narrativa. El problema con esta ampliación exagerada de la trama es la poca atención que el realizador y guionista presta a las circunstancias familiares o sociales que han alimentado la desbordada paranoia del propio Beau, fuera del hecho de que su madre controladora es la causa principal de sus males. Todo demás (su propia formación judía, su vida sexual marcada por la culpa, su incapacidad de amar, su frustración en suma) se resuelve en un continuo delirio presentado como un espectáculo de terror con el que resultará fácil para muchos espectadores identificarse de modo muy primario, sobre todo si se vive, como el propio Beau, en una ciudad plagada de todo tipo de amenazas reales o imaginarias. Algo similar propuso, con mayor fortuna, Martin Scorsese en su vertiginosa cinta Después de hora ( After Hours, 1985), protagonizada por Griffin Dunne.

Sin el engolosinamiento con las desventuras y excesos que padece el personaje interpretado con mucha solvencia por Joaquin Phoenix ( Joker, Todd Phillips, 2019), la película de Aster pudo haber sido una auténtica comedia negra, maliciosa y perversa en la construcción de un protagonista más complejo y menos previsible, alguien realmente perturbador, y no la simple caricatura de un hombre lleno de miedos y traumas, virtualmente castrado por una madre insensible y casi diabólica. La sensación que suscita el filme es la de asistir a una terapia psicoanalítica detenida largamente más en el desahogo desesperado del paciente que en los motivos que en primera instancia le llevaron a la consulta. Hay en la trama de Beau tiene miedo momentos de una formidable comicidad absurda, pero la acumulación de todos ellos no basta para disimular que lo que en definitiva el director ofrece es una cinta muy desigual y paradójicamente despersonalizada.

Se exhibe en la Cineteca Nacional, Cine Tonalá y salas comerciales.

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